Opinión

La Madre Madurga, en todo amar y servir

Carmen Madurga
photo_camera Carmen Madurga

A las 10:45 de este día 2 de abril, la madre M. Carmen Madurga ha sido llamada a la Casa del Padre, después de una larga y fecunda vida de entrega a Dios, a través de la educación de tantas generaciones de niñas y jóvenes que han pasado por las aulas del Colegio Mater Salvatoris de Madrid.

Nacida en Cueva de Ágreda (Soria, 18-II-1929) fue la tercera de cuatro hermanos. El esfuerzo, el trabajo, el sacrificio y, sobre todo, Dios, marcaron el despertar a la vida y en afianzamiento en ella de aquella niña alegre, vivaracha, llena de energía, lista y estudiosa.

A la edad de 17 años ingresó en la «Compañía del Salvador». Ella siempre había admirado a los jesuitas, y quería para ella una orden femenina con el espíritu de San Ignacio, y la encontró en la que por aquel entonces era incipiente «Compañía del Salvador», que el Espíritu había hecho concebir en el corazón de la entonces joven y enamorada de Dios madre María Félix. El célebre principio ignaciano «en todo amar y servir a su Divina Majestad» marcó la sierva de Dios madre Félix desde niña, quizás por ello fascinó y atrajo a ese ramillete de jóvenes que le fueron siguiendo, entre ellas la madre Madurga. En enero de 1950 hizo la profesión temporal y el 8 de noviembre de 1957 la profesión perpetua en Lérida.  

Por aquel entonces, el Colegio Mater Salvatoris de Madrid llevaba 3 años de andadura (1954). Allí empezó a desempeñar la madre Madurga su labor como docente. La idea que tenía la madre Félix, y que encarnaron las religiosas que le fueron siguiendo, era forjar mujeres, educarlas en valores cristianos, procurarles una sólida e integral formación (académica, moral, religiosa…). A ello se dedicó la madre desde el inicio, para lo cual tuvo que formarse bien: hizo la licenciatura de Geológicas, y también el doctorado (2-II-1972). Desde el inicio, la madre Madurga ejerció como profesora de Ciencias Naturales, algo a lo que incluso volvió en sus años de jubilación, casi como hobby. En 1965 fue nombrada Directora del Colegio Mater Salvatoris de Madrid, ejerciendo como tal durante casi 47 años.

Imposible glosar en unas palabras la vida de una de las personas-personalidades más ricas y extraordinarias que he conocido. La madre Madurga ha sido —y todos los que la han conocido lo pueden ratificar— una mujer muy inteligente, con una capacidad innata para saber lo que había en el corazón de los demás; una mujer de una extraordinaria bondad, con un corazón inmenso, en el que se entremezclaban ternura, cercanía, calidez, pero también firmeza, reciedumbre, y una gran fortaleza. Sí, fue siempre una mujer fuerte, muy generosa con todos, hasta en los detalles más pequeños.

Para ella, por encima de todo, estaban «sus niñas». Entre los muchos dones recibidos de Dios, tenía el de tratar a cada niña como realmente necesitaba: en ocasiones con una palabra de cariño, en otras con una corrección, y siempre con amor.  Empapada de Dios y maestra en humanidad, apasionada por la educación, supo transmitir a todos los profesores esta pasión, que para ella una verdadera vocación.

El fundamento de todo, hasta el final de sus días, ha sido su confianza ciega en un Dios cercano, encarnado. Toda la fuerza de su temperamento, su bondad, su vitalismo, su gran humanidad, su inteligencia…, hundían sus raíces en Dios.

Escribía Rilke que «Dios espera en las raíces», en lo esencial y profundo de nuestro ser. Cuando sus manos se fueron debilitando, sus pies tambaleando, la madre Madurga mantuvo siempre su corazón y su Fe enraizados, por ello no dejó de escuchar, aconsejar, y compartir con cuantos acudían a ella.

Hasta el final ha estado acompañada, cuidada y querida por las religiosas de la «Compañía del Salvador». El jueves pasado, plenamente consciente y con gran devoción, recibió la Santa Unción y el Viático. Hoy, el mismo día que su querido San Juan Pablo II, Dios la ha llamado.

Cuantos la hemos conocido y querido —¡tantos¡— hoy sentimos un gran dolor, pero también un profundo agradecimiento a Dios. Gracias, Señor, por esta mujer tan extraordinaria, por esta religiosa tan buena, por esta alma de Dios. Descansa en paz querida madre Madurga.

Carlos M. Morán Bustos

Capellán del Colegio Mater Salvatoris de Madrid

Decano del Tribunal de la Rota de España

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