Opinión

El sentido de mi vida

Cristianos en la sociedad del siglo XXI.
photo_camera Cristianos en la sociedad del siglo XXI.

Uno de los muchos temas que se tratan en “Cristianos en la sociedad del siglo XXI”, esa larga e interesantísima entrevista que Paula Hermida le hace al Prelado del Opus Dei, es el que se refiere al querer de Dios para cada persona. O sea, si lo pensamos un poco, lo más triste que podría pasar a cualquiera de nosotros es que no supiéramos para que estamos sobre la tierra. Lo que nos da vida, lo que nos da alegría, lo que nos llena, es saber que nuestra vida tiene sentido. ¿Cuál es el sentido de mi vida?

Cuando se habla de vocación parece, para algunas personas, que se tergiversase lo esencial de nuestra existencia. Hablar de vocación es hablar de sentido, del para qué Dios nos ha querido. Somos libres en la medida en que hacemos todo lo posible por cumplir con nuestra misión sobre la tierra. Dios nos quiere como hijos y nos prepara una vida de plenitud, a la que tenemos que acceder, con esfuerzo, con constancia, con alegría.

Hablar de vocación es hablar del sentido de la vida y, por lo tanto, hablar de libertad. Cómo sabemos cuál es nuestra vocación, es una cuestión de cercanía a Dios. Sin trato con Dios no podemos saber que quiere Él de nosotros, ósea qué es lo que de verdad nos puede llenar.

Don Fernando Ocáriz, en esta entrevista llena de temas interesantes, responde a esta cuestión: “Todos tenemos vocación, llamada divina. No tendría sentido pensar que alguno puede estar excluido del querer de Dios, como si el Señor al crearlo no hubiera pensado en un camino para él porque no le interesase. No hay ninguna persona en este mundo que le sea indiferente a Dios, o para la que Dios no tenga un plan en el que colaborar. Por eso, a la hora de plantearse qué quiere Dios de cada uno, la pregunta no es: ¿tengo vocación? Las preguntas correctas podrían ser: ¿a qué me llama Dios?, ¿por qué camino concreto me está llamando el Señor?, ¿de qué modo me siento invitado a poner a su servicio a los talentos que me ha concedido?” (p. 93).

Entendemos que Dios, que nos quiere a cada uno, a cada persona creada, haya pensado en nosotros, en cómo hacernos felices, en cómo podemos llegar a servir a la sociedad, en cómo podemos llegar a amar a los demás. Lo ha pensado todo. Y nos lo quiere decir. Para eso está la oración. Seguramente hemos escuchado en más de una ocasión lo importante que es para nosotros el trato con Jesucristo, que nos acompaña en el sagrario, que se nos da como alimento.

Es de gran importancia, ante todo porque solo de esa manera podemos entender el querer de Dios. En la parábola del sembrador, Jesucristo explica con detenimiento: “Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado en el camino”. Si no hacemos un esfuerzo de oración, de escuchar bien la palabra de Dios, pues sucede como lo sembrado en el camino. Aquello se pierde. Una pena, un desperdicio.

“Quien quiere ser verdaderamente libre-leemos en “Trascendencia”- busca un fin último, y se da cuenta de que tiene que ser trascendente y que le permita salir de una vida plana, básicamente animal. Ser libre es tener capacidad de configurar la vida respecto a un fin último, que es la compañía de Dios” (p. 47)

Monseñor Fernando Ocáriz, Cristianos en la sociedad del siglo XXI, Ed. Cristiandad 2020.

Ángel Cabrero, Trascendencia, Ed. Palabra 2020.

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