Opinión

¿Quién vigila entre el centeno?

Niños jugando a videojuegos.
photo_camera Niños jugando a videojuegos.

En una tertulia para alumnos universitarios hemos vuelto a leer una novela mítica, que leyeron en su día adolescentes, universitarios y mayores: “El guardián entre el centeno”. Una de esas novelas con éxito universal que muestra en gran medida el individualismo americano y que nos habla de un joven estrafalario, una historia con varios sucesos ocurridos en un solo día. Holden es expulsado del colegio donde vive y aunque le quedan dos días para el final de su estancia, él decide irse, aunque sin saber muy bien adónde.

Se puede decir que es un chalado, que se mete en todo tipo de líos y que, en su cabeza, aparentemente tiene sexo y poco más. Sorprende que, en aquellos años, comienzo de los 50,
las conversaciones, las experiencias que recuerda, las preguntas que dirige a sus amigos estén
tan llenas de historias sexuales. Y, al mismo tiempo, encontramos, en varios momentos,
mezclados con las historias anteriores, un muchacho con buen corazón. Según los expertos hay
síntomas para diagnosticar que era bipolar. Por lo tanto, probablemente también el autor.

Holden Caulfield da la impresión de tener la cabeza llena de pájaros, lo que se manifiesta,entre otras cosas, en que lo han expulsado ya de tres colegios y los padres están desesperados con él. Curiosamente, a pesar de la preocupación que tienen en su familia, él tiene mucho dinero, que le han dado sus padres o su abuelo. Huyendo del colegio se mete en un hotel en Nueva York y el ascensorista le ofrece una prostituta. En un momento de desconcierto acepta.

Al rato a su habitación le llevan una chiquilla joven. Y Holden es incapaz de hacer nada con ella. A pesar de su mente desbocada, llega el momento y siente compasión por aquella chiquilla. Su hermana pequeña está muy triste al ver cómo le van las cosas a su hermano. En una larga conversación que mantienen por la noche se da cuenta de que su hermano no hace más que despotricar de todo. Y le pregunta si hay algo que le guste. Holden se queda un poco desconcertado y, después de algunos intentos que suenan a disculpa, le dice a su hermana que él se imagina un campo de centeno y muchos niños jugando entre el centeno, sin darse cuenta de que hay allí mismo un profundo precipicio. Le dice a su hermana que lo que le gustaría es estar siempre pendiente de que no se cayeran los niños.

El guardián entre el centeno. Sorprende un poco esta reacción y quizá es ahí, entre otros sucesos, donde se manifiesta su bipolaridad. En todo caso hay otros momentos del relato en los que se nota que tiene buen corazón, que valora lo bueno. Y releyendo esta famosísima novela se me ocurría qué hubiera sido de Holden con un móvil en sus manos, conectado a la red, viendo porquerías a todas horas. ¿Hubiera sido compatible su bondad con la pornografía, totalmente accesible? Hubiera tenido tan clara en su mente la idea de ser el guardián para aquellos niños.

Y me pregunto quién es ahora el guardián. Quien hace algo para evitar que los chavales caigan irreparablemente por un tremendo precipicio. ¿Qué hubiera hecho Holden y si se hubiera
encontrado con este precipicio horrible y los niños cayendo a miles? Es la gran diferencia. En los años en que se sitúa la historia de esta novela había unos límites, unas prohibiciones, y, sobre todo no tenían a su alcance con toda facilidad, toda la pornografía del mundo.

¿Dónde están los guardianes? ¿Cómo es posible que no haya ningún poder público que se preocupe para que la juventud de hoy no se vaya por el precipicio? ¿Será por la cantidad de
dinero que produce?

Jerome D. Salinger, El guardián entre el centeno, Alianza 2010 

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