Opinión

Hasta que la muerte nos separe

Cásate conmigo.
photo_camera Cásate conmigo.

Qué bonito e idílico suena y hasta qué punto irreal en los tiempos que corren. Parece mentira que lo que hasta hace no mucho era la ilusión de los jóvenes cuando encontraban una persona con quien compartir su vida, después de un noviazgo prudente, se haya convertido prácticamente en una frase un tanto cursi, algo teórico e increíble. Ocurre con demasiada frecuencia.

Es la dificultad que surge cuando interiormente, casi sin darse cuenta, él o ella piensan que “ya si eso…”. Si  las cosas no van bien… lo dejamos. Desde el momento en que al casarse se admite una posibilidad de fracaso, ya las cosas no serán nunca las mismas. Una persona está dispuesta a desvivirse por quien es su esposa o esposo para siempre, sin lugar a dudas. Uno de los problemas más graves que tiene nuestra sociedad es la admisión, como lo más natural, del divorcio. El daño que hace una legislación divorcista es irreparable.

Puede decirse que fuera del matrimonio estrictamente católico es muy difícil encontrar fidelidad hasta la muerte. Esa fidelidad supone un amor muy grande, y para que haya un amor muy grande, debe estar en continuo crecimiento. Lo que no crece disminuye. No nos engañemos, las relaciones no se mantienen en una estabilidad fría sin más. También pueden fallar los matrimonios católicos, pero es porque son no pocos quienes se casan por la Iglesia por el ornato y la imagen.

El problema que nos rodea es la mentalidad extendida y difundida por todos los medios de comunicación de que el divorcio es algo normalísimo. Se habla de ciertos personajes públicos enumerando las parejas sucesivas en su vida. Como lo más natural. Así las cosas en cualquier matrimonio, en la medida en que surge una dificultad, se adivina en el horizonte la opción de ruptura.

Ya podemos entender que en este estilo de familia es muy improbable que haya hijos y, ya no digamos, que haya hijos bien educados. Estamos inmersos en una sociedad egoísta y eso no lleva a nuevas vidas. Por eso cuando un joven se plantea lo que significa el matrimonio debería tener la prudencia de dejarse ayudar. Que alguien le enseñe a meditar lo que significa la entrega total y para siempre, y como se hace eso, porque ahora hay pocos modelos en donde mirar para aprender.

Dice Ceriotti: “Es necesario volver a definir el matrimonio como lo que es: una relación pensada para perdurar, sin fecha de finalización. Esta característica hace que sea, en el plano afectivo y psicológico, un vínculo muy específico, muy distinto de otras formas de relación, que puedan ser también intensas y significativas, y que no tengan como presupuesto compartido el compromiso recíproco por la continuidad y la duración” (p. 16).

Hay que volver a lo esencial si queremos construir una sociedad justa, amable, generosa. Nos estamos jugando llegar a un ambiente de ruptura generalizado, una sociedad de retales. Para evitarlo hay que plantearse volver a lo que es natural. “Es muy importante entender el matrimonio como un proceso dinámico. No es correcto pensar en la relación de pareja como una realidad estable y definida de una vez para siempre. Los cambios en las condiciones de la vida con el paso del tiempo, y la evolución personal de cada uno, hacen necesarias las adaptaciones recíprocas y continuas” (p. 19).

Mariolina Ceriotti, Cásate conmigo… de nuevo, Rialp 2022

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