Opinión

Pornografía

Micaela Menárguez.
photo_camera Micaela Menárguez.

Micaela Menárguez, en su libro “Solo quiero que me quieran”, toca diversos temas sobre la afectividad en los jóvenes de gran interés. Y también entra, con datos y detalles, en el gran problema que encuentran tantas personas en nuestros días: la pornografía. “La definición clínica de pornografía es cualquier imagen que lleva a la persona al uso de otra para su propio placer sexual. Está desprovista de amor, intimidad, sentido de la relación o profundidad. Puede ser muy adictiva” (p. 77).

Es triste pensar que haya tanta gente que dedique bastante de su tiempo en abusar de otras personas, buscando su propio placer. Pero es una auténtica plaga. Se da mucho entre jóvenes, pero también entre hombres casados. También entre mujeres. Es lógico que pensemos en qué remedios se pueden encontrar.

Uno de los problemas más curiosos es que los padres les facilitan el móvil a los hijos con gran facilidad y desde muy jóvenes. A la autora de este libro le preguntan por la conveniencia de dejarles el móvil. “Les dije que darle un móvil sin restricciones a un adolescente equivale a meter en su dormitorio, noche tras noche, millones de revistas y vídeos pornográficos, con la confianza de que nuestro adolescente sea tan bueno, maduro y responsable que no abra o vea ninguno. De hecho, el grupo mayor de usuarios de pornografía en internet son adolescentes entre 12 y 17 años, y la edad media de los niños que ven pornografía por primera vez es de 11 años. Y esto es debido a que es asequible, accesible y anónima” (p. 78).

Es la inconsciencia más grave y extendida en nuestra sociedad. Con qué facilidad los padres facilitan el móvil. He visto más de una vez como al niño pequeño de siete años, para que se calle, porque está pesadito, le dan el móvil. A partir de ahí ese aparato se hace casi imprescindible para muchos jóvenes. ¿Están los padres tan en la inopia como para no darse cuenta del problema? “Es que si no tiene móvil está incomunicada con sus amigas”. Pues le das un teléfono móvil, solo teléfono, sin conexión a la red, para que se comunique con sus amigas…

“Una persona adicta es una persona que ha elegido pasar mucho tiempo sola, sin interaccionar con otras, sin conversar, sin comunicarse, sin ternura, sin afecto. Muchas veces termina con una idea equivocada de lo que se puede esperar de una relación sexual normal, y por ello, sus relaciones normales fracasan muchas veces” (p. 79). Para cualquiera que ha conocido a personas en esta situación, vemos que es algo muy preocupante, que afecta a toda la sociedad, a la comprensión de lo que es el matrimonio, a entender mínimamente lo que es amar a una mujer o a un chico.

Como dice la autora y como saben otras personas que están atentas a estos problemas, hay que saber que, aunque difícil, se puede salir de esa situación. Pero la realidad es que “uno de los grandes problemas es no reconocerlo, no contarlo y no pedir ayuda, debido a la gran vergüenza asociada a esta adicción” (p. 79). Por eso quienes pueden intervenir, profesores, padres, sacerdotes, deberían estar más al tanto del problema para ayudar. Teniendo en cuenta que el 90% de los jóvenes están cogidos por esta adicción, más vale darlo por supuesto en alguna conversación, para facilitarles que hablen de su problema.

Afecta también al matrimonio porque “Como los hombres lo mantienen en secreto, mienten para ver sexo, y se lesiona la comunicación. Como consecuencia de esto, cada vez están los dos más solos, hasta que la soledad se convierte en un lastre insoportable que termina por destruir su matrimonio” (p. 83).

Micaela Menárguez, Solo quiero que me quieran, Rialp 2021

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