Opinión

Pobreza de Belén

Trascendencia.
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Hacía frío y estaban lo más cerca posible del fuego, tanto el que tenía turno de vigilancia del rebaño como los que dormían. Acurrucados entre sus mantas tuvieron, de pronto, un sobresalto extraordinario, tanto el despierto como los durmientes. Una luz sorprendente les rodeó, les llenó. Era una luz muy fuerte, que no les hacía daño, a pesar del contraste con aquella negra noche sin luna. Atemorizados, ninguno fue capaz de articular palabra. Mudos, maravillados por el espectáculo, pero llenos de miedo por el insólito acontecimiento. Y una voz alegre, vibrante, les dio, de alguna manera, razón de lo que allí estaba pasando: No temáis. Mirad que vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador. Y a continuación un inmenso y maravilloso coro cantó a lo largo y ancho de aquellas tierras de Belén, de un modo que ni los pastores ni los demás habían oído jamás.

No se puede decir que en Belén Dios se hizo carne, pues eso sucede en el momento de la concepción de María, aquel día maravilloso de la visita de Gabriel en Nazaret. Pero la presencia de aquel bebé en los brazos de María y de José tuvieron que ser conmovedores. Ella sabía que había nacido por obra del Espíritu Santo. Aquel niño era Dios. José, que había recibido la gran noticia por el ángel, en sueños, conocía también perfectamente la procedencia. No había la más mínima duda.

¡Pero era tan increíble!

Ella estaba dando de mamar a Dios niño. Un bebé que lloraba como todos los niños y al que había que limpiar y cambiar pañales. En unas condiciones totalmente inadecuadas, que podrían hacerle pensar en un descuido inaceptable por parte de alguien que se había distraído.

Cualquier rey de la tierra para el nacimiento de su hijo hubiera preparado el mejor lugar del mejor palacio, por lo que supone de imagen, por amor a la madre, por delicadeza con el bebé, aunque este, ciertamente, no se entera de nada. Cualquiera puede pensar, muchos ya lo habrán hecho muchas veces, cómo es posible que Dios, para su hijo, el Verbo, la segunda persona de la Trinidad, haya preparado el peor lugar pensable para nacer. No ya un lugar perdido y pobre, mucho más: nace en un establo para animales, lo más sucio y maloliente que alguien pueda imaginar. Y desde luego no vamos a culpar ni a José ni a María de improvisación.

¿Cómo podemos explicarnos semejante acontecimiento? La realidad es que Dios tiene planteamientos bien diferentes, podríamos decir fácilmente que opuestos a los nuestros, porque nosotros tenemos una tendencia debida al pecado original que nos hace olvidar que lo mejor es la entrega, el amor, la caridad.

Dios, que es señor de todo, quiere que valoremos la humildad. A partir de la humildad es más fácil que una persona sepa querer a los demás. A partir de la arrogancia y el orgullo poca caridad encontramos. Lo que Dios quiere hacernos ver es que la vida es mucho mejor cuando hacemos lo contrario de lo que nos indican nuestros bajos instintos.

Jesús no solo nació muy pobre, vivió muy pobre. Era Dios y vivió con casi nada. ¿Será que Él quiere que vivamos con mucho menos?

Ángel Cabrero, Trascendencia, Palabra 2020, p. 87

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