Opinión

El móvil que cambió mi vida

Jóvenes con móvil.
photo_camera Jóvenes con móvil.

Si lo pensamos un poco, pocas cosas hay que nos hayan cambiado tanto nuestro modo de vivir, de relacionarnos, de informarnos, como el móvil. Es un invento reciente y que ha influido decisivamente en todas las capas de la sociedad. Quizá una de las cosas que me sorprende es ver al pobre de la esquina, desarrapado y pidiendo una limosna, hablar por el móvil. No tiene para vivir, se supone, está en la miseria, viste fatal, pero tiene móvil.

Tanto es así que en castellano, como nos descuidemos, se puede perder uno de los significados de la palabra móvil. Según Google, móvil es inalámbrico, sin hilos, y ya el final se admite otra versión: movedizo. Pero la RAE nos dice que móvil es aquello que mueve material o moralmente algo. Tener un móvil es tener un motivo, un cierto empuje. Por lo tanto un móvil, un motivo, puede cambiar mi vida, porque me lleva a hacer algo nuevo, algo distinto.

El móvil que nos ha cambiado la vida no es motivo importante para vivir, es un aparato, que al ser inalámbrico se puede llevar a cualquier sitio, se transporta fácilmente. Vamos que lo llevamos encima prácticamente siempre. Nos ha cambiado la vida, demasiado. Si fuera simplemente un teléfono más a mano, no sería para tanto, pero es que sirve para muchas otras cosas, algunas buenísimas y otras perversas.

Por eso sería bueno pararse a reflexionar sobre cómo afecta a mi vida ese aparatillo. Podríamos distinguir: 1. Hay quien vive para el móvil. 2. Hay quien necesita el móvil para muchas cosas. 3. Hay quien lo usa lo justo imprescindible. 4. Hay quien no lo tiene. Esto último ya nos resulta casi increíble. Hasta ese punto ha llegado a tomar posiciones en nuestra vida este invento moderno, que tanto nos ayuda.

Nos ayuda, pero no sería razonable vivir para el móvil. Hay personas para quienes ya es totalmente imprescindible en su trabajo. Pensemos en un repartidor de Amazon, por ejemplo. Por lo tanto es vital que pongamos empeño en usarlo lo imprescindible, es decir, tener una medida, para evitar dependencias malsanas. “Lo primero que tenemos que pensar es con cuánta frecuencia miramos a los ojos a las personas a las que amamos: el marido, la mujer, los hijos, los padres... Estamos tan pendientes de las pantallas que se nos ha olvidado mirarnos y escucharnos. No es raro entrar en un hogar donde cada miembro mira a una pantalla distinta”[1]. Ciertamente hace falta una cierta reflexión.

Después está la responsabilidad de quien y cuando puede o debe utilizarlo. Responsabilidad que compete a los padres en cuanto a sus hijos. “Darle un móvil sin restricciones a un adolescente equivale a meter en su dormitorio, noche tras noche, millones de revistas y vídeos pornográficos, con la confianza de que nuestro adolescente sea tan bueno, maduro y responsable que no abra o vea ninguno. De hecho, el grupo mayor de usuarios de pornografía en internet son adolescentes entre 12 y 17 años, y la edad media de los niños que ven pornografía por primera vez es de 11 años. Y esto es debido a que es asequible, accesible y anónima”[2].

El móvil es utilísimo para un número muy considerable de personas que nos rodean. Pero todo tiene una medida, un momento, un porqué. Y no podemos estar en la inopia. 


[1] Micaela Menárguez, Solo quiero que me quieran, Rialp 2021, p. 36

[2] Idem, p. 78

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