Opinión

La esclavitud ambiental

Escribe Barnes, en “El ruido del tiempo”, con gran acierto, sobre el miedo, las cobardías, las faltas de libertad. En esta historia el ambiente es el poder absoluto y opresor del comunismo en Rusia, en tiempos de Stalin y posterior. Dmitri Shostakóvich es el compositor más afamado, aclamado por todos los expertos, especialmente fuera de Rusia. Pero al Poder no le gusta, considera que su música es muy complicada para el pueblo, y el pobre Dmitri se pasa los años intentando esquivar esa presión que, en muchos momentos supone miedo a morir, porque en la Unión Soviética muchos miles de personas perdieron la vida por disentir.

La lectura de este libro hace pensar. La presión social, los intereses económicos, lo que dice la mayoría, ¡cuántas esclavitudes! Y se me ocurría pensar en las esclavitudes actuales. ¡Qué difícil es salirse del guion previsto! ¡Quién se atreve a expresar ideas que no estén en el parecer de todos! Es la opresión de la mayoría, de la moda, de las ideologías predominantes. Y ¡cuánta cobardía! Hay mucho miedo a quedar mal, a que piensen de mí que soy… La tiranía de los que dirigen los medios, de los tienen voz, amplificada por una emisora o una cadena televisiva. Y no digamos la tiranía de las redes sociales, aparentemente libres.

Hay que pensar muy bien lo que se dice, lo que se puede decir en tal o cual circunstancia. Bien sabemos que si una persona se manifiesta como católica tiene un gran peligro de aislamiento. No por ser religioso. Puede incluso quedar bien decir que soy budista. Pero en el mundo intelectual no se puede ser católico. Es una trama perfectamente montada, muy diabólica. Si uno en público dice que el fin de semana ha asistido a unos ejercicios espirituales provoca, de pronto, un silencio engorroso. Es un tema tabú. Te podrán aconsejar, mira eso déjalo para tu intimidad, no te líes.

Es sorprendente como en las cuestiones sobre la condición sexual de cada persona, en estos momentos tienes que mirar a tu alrededor para ver si puedes decir lo que piensas. Es una auténtica esclavitud, una presión aún peor que la que Shostakóvich sufrió, porque allí en la URSS era cosa del Poder, de los jefes, pero aquí es algo generalizado, y te pueden denunciar por decir lo que piensas, que por otra parte es lo natural y lo que siempre ha pensado la gente normal. Hay miedo, hay muchos cobardes que dicen, sin duda alguna, cosas que no piensan.

La mayoría de las personas que circulan por nuestras calles, en Occidente, están convencidas de que ser libres es poder elegir lo que a cada uno le dé la gana. Libertad de elección, sin más. Puedo elegir hasta cambiar de sexo, lo más antinatural que existe, pero no puedo dar una opinión contraria a lo establecido. Se pierde toda noción de trascendencia, toda noción de fin último y, por lo tanto, toda posibilidad de ser verdaderamente libre. Como leí una vez, hace muchos años: algunos van por la vida pensando ser libres, pero no tienen más libertad que la del taxi, que se define como libre, cuando está vacío y no sabe a dónde va.

Hay muchos esclavos del ambiente, de la moda, de las ideologías, de las redes sociales, con toda su presión infame. Hay mucha cobardía para denunciar, para ir en contra. No digamos ya entre los políticos, que dan, con frecuencia, auténtica vergüenza. Por el voto hacen las cosas más increíbles. Y no digamos en la universidad. Un disidente en Rusia, en la época comunista, se jugaba la vida, y muchos la perdieron. Hoy, con tal de no perder dinero o imagen, muchos son totalmente esclavos del sistema.

Julián Barnes, El ruido del tiempo, Anagrama 2016


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