Opinión

Contemplación y activismo

Un Belén favorito del Papa Francisco.
photo_camera Un Belén favorito del Papa Francisco.

En estos días navideños quien más quien menos ha contemplado alguna representación del nacimiento de Jesús, del Hijo de Dios, de maneras muy diversas, porque la imaginación es poderosa y los artistas muy variados. Y la verdad es que por mucho que lo hemos pensado y por mucho que lo hemos imaginado no es nada fácil hacerse bien a la idea. Lo de nacer en una cueva para animales es algo que se nos escapa.

Pero dentro de esa variedad casi infinita de modos de representar lo que llamamos “el belén” o “el nacimiento”, hay algunos detalles que se repiten: María y José miran al Niño. Parece elemental: están ante un niño nacido sin intervención de varón, concebido por obra del Espíritu Santo… y eso, pensándolo un poco, para esos jóvenes esposos era algo como para volverse locos. La imagen que tenemos de ese momento es de dos contemplativos.

Si a cualquiera de nosotros nos ocurre que ante un bebé recién nacido nos quedamos alelados por la maravilla que eso supone, ¡qué habría pasado si hubiéramos llegado a aquel lugar con los pastores y nos hubiéramos encontrado con esa escena, sabiendo de verdad lo que ocurría! “No temáis, porque os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor”.

Es el motivo lógico por el que a José siempre se le representa de pie junto a María y al Niño, mirando, contemplando. Pero esto es falso. La realidad es que José no paró desde el instante en que decidió que se quedaban en aquel lugar sucio, establo para animales. Era carpintero, artesano, por lo tanto manitas, hábil, y no paró un momento. Tenía que buscar leña y hacer fuego, tenía que buscar agua. Cuando llegaron los pastores le pidió a alguno de ellos que se quedara con María y el Niño y él se fue a Belén a comprar. No eran pobres: tenía un trabajo bien remunerado en Nazaret y tenían una casa como la de todos los de su pueblo.

Tenía que atender a aquellos hombres sencillos que vinieron a adorar al Niño. ¿Cómo los acogería? La situación era compleja. Los pastores llegarían y preguntarían: “Es aquí donde…”. “Sí, -les diría José con mucho cariño- es el Mesías”. Y de paso le pediría a uno: “Ayúdame a mover este banco…”. Y vendrían otros y José les hacía hueco para que entraran y vieran. Y luego empezaron a traerles comida, y una buena manta, y vino. Y José tuvo que organizar la “despensa” para que las cosas no se estropearan.

¿Y José no era contemplativo? Claro que lo era, en ningún momento se le fue de su mente la maravilla que tenía a su lado. No es fácil imaginar cómo sería su oración, porque eso es algo muy personal, pero no le faltó ni un minuto su atención al gran misterio. Decía San Juan Pablo II[1]: (José) Es hombre de trabajo. El Evangelio no ha conservado ninguna palabra suya. En cambio, ha descrito sus acciones: acciones sencillas, cotidianas, que tienen a la vez el significado límpido para la realización de la promesa divina en la historia del hombre; obras llenas de la profundidad espiritual y de la sencillez madura”.

No hay contraposición. “Nosotros vivimos en la calle, ahí tenemos la celda: somos contemplativos en medio del mundo”, decía San Josemaría. Es un modo de vida, un deseo de servir, de ser útiles en las circunstancias de la vida, muy metidos en Dios. Y la Navidad nos enseña estas cosas.

Ángel Cabrero Ugarte

 

[1] Audiencia general. 19.III.1980

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