Opinión

Campamentos de perversión

El campamento de mi vida.
photo_camera El campamento de mi vida.

Desde tiempos muy lejanos existe la costumbre de enviar a los niños a campamentos de verano. Es un medio adecuado que permite llenar los días de vacaciones de los hijos cuando los padres siguen con su trabajo. Habrá además otros muchos motivos para enviarles a estas organizaciones.

En los últimos días, en el lugar donde he pasado un tiempo de vacaciones, he seguido de cerca el desarrollo de estas actividades hoy en día. Muy cerca del lugar donde he estado se encuentra una finca con unas casas y unas cabañas que se utiliza para estos campamentos.

Había niños desde 10 a 14 años, pienso, pero sin tener más datos que lo que he visto, porque han pasado delante de mí en alguna ocasión. Quizá algún chico más pequeño, pero seguramente ninguno mayor de los 14. Pero no lo puedo asegurar. Son turnos no muy largos pues he comprobado un cambio de turno en estos días. Por supuesto, niños y niñas.

Por lo que se puede oír, están la mayor parte del día o todo el día dentro de la finca, no muy grande. Al parece tienen piscina y quizá algún campo deportivo. Lo que sí que se puede comprobar es que gritan mucho, a todas horas, lo que manifiesta que están participando en algún tipo de juego.

Pero lo más sorprendente es la música que suena en los altavoces en muchos momentos del día. Se levantan por la mañana con música a todo volumen, y se repite en otros muchos momentos del día. Pero lo más sorprendente es que la música que se emite, tanto en un turno como en el siguiente, era casi una sola canción. Típico “chunda, chunda, chunda”, mucho ritmo y un sonido agradable.

Alguna palabra que llegué a entender de la canción me llevó a buscarla en internet, porque me pareció que el tema no era muy adecuado. La encontré. El título “A Cojones remix”. Solo con estas palabras cualquiera puede descubrir en You Tube de qué canción se trata. ¿El texto? Cosas como “Todo el mundo en pastillas en la discoteca”, “Hoy se bebe y se fuma”, “Empastillado”, “Fumando y jodiendo me emborracho”, “Disfruta del momento que el tiempo se acaba”, “Lo que digan de mi me importa tres puñetas”.

Si en uno de estos campamentos estuvieran poniendo un montón de canciones distintas, siempre piensas en la posibilidad de que se les haya colado una inconveniente por no vigilar bien. Pero cuando resulta que es la única canción que se ha repetido hasta la saciedad, lo único que se te pasa por la cabeza es un empeño de perversión. Al niño, desde pequeño, hay que habituarlo a estas zafiedades, y que experimente cuanto antes.

Es posible que muchos padres ni se imaginen estas cosas, pero su responsabilidad sobre la educación de sus hijos debería llevarlos a preguntar, a enterarse debidamente sobre quien organiza semejante bodrio de inmoralidad. Porque una cosa es que haya más o menos actividades formativas o religiosas y otra cosa es llevarlos a un lugar como este, donde se les puede hacer mucho daño.

A no ser que a los padres les parezca divertido que sus hijos vayan habituándose a la inmoralidad desde pequeñitos. Si buscan el desenfreno de sus hijos, adelante. Si quieren un medio de descanso y formación para ellos, que busquen, porque hay muchos campamentos y muy buenos.

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