Opinión

Don Emilio y el cura Matalas

Emilio Montes, cura de Valdepeñas.
photo_camera Emilio Montes, cura de Valdepeñas.

A principios de noviembre de este turbulento 2020, la revista cultural vasca Argia recordaba el desagradable suceso del Levantamiento del cura Matalas, en el sur de Francia, en 1661. La razón de aquel hecho fue el aumento de las cargas fiscales a los campesinos en la provincia vasco-francesa de Sola, auspiciado por la nobleza. Casualmente, y justo por estas mismas fechas, he recibido el vídeo viral del ya célebre sacerdote de Valdepeñas (Ciudad Real, España), riñendo en homilía a feligreses por no aportar lo suficiente a la reconstrucción de su parroquia. Dos hechos muy lejanos en el tiempo, pero que me animan a unas líneas por su contraste, amén de una breve reflexión sobre los valores cristianos.

Don Bernard Goyhenech, conocido por Matalas, se erige un curioso fetiche histórico francés. Nacido en Moncayolle en año desconocido, se opuso a la política de Luis XIV porque aumentaba los impuestos a los campesinos y descomunalizaba sus tierras, imponiendo un régimen feudal que en Sola nunca se había aceptado. No hallando apoyos entre la nobleza local, que bailaba al son de Arnaud-Jean Peyré, Conde de Iruri, ni de la burguesía, ni de la Iglesia, Don Bernard se granjeó la simpatía de los representantes de Sola, elegidos en asamblea popular. Se alzó así en junio de 1661 con casi 7.000 campesinos contra el Conde en Mauleón, tomando su castillo y arrasando Chéraute. Monsieur Pyré se vio obligado a pedir ayuda a la Armada de Burdeos, logrando sofocar el alzamiento el 12 de octubre.

El 8 de noviembre también se sofocó a la vida de Matalas, atrapado en Ordiarp y ejecutado en Licharre. La cabeza del sacerdote fue clavada en la entrada de esta ciudad, para contento de la nobleza y terror del campesinado. Sola perdió así parte de sus fueros, y recordó a Matalas con una cruz en el lugar de su ejecución, hasta que en 1966 el Ayuntamiento de Mauleón-Licharre construyera in situ una rotonda.

Volviendo a España, menos épico resulta el caso de Don Emilio Montes, cura de Valdepeñas. Enfrentado al consistorio de su ciudad, posee ya cierto historial de injurias contra aquel, difundidas por las Redes Sociales. Ahora molesto por la, a su juicio, pobre contribución de los feligreses a la Iglesia del Santo Cristo, se ha dejado grabar en una homilía incendiaria que ha llegado a todos los rincones.

El Obispado de Ciudad Real guarda cautela, en un momento en que la financiación de la Iglesia española está en el candelero y las parroquias cada vez más vacías. El joven cura no tiene apoyos explícitos ni de los mandatarios ni de la Iglesia, como Matalas, y a diferencia de aquel, tampoco de la opinión pública. Y si Don Bernard acabó con su cabeza clavada en la entrada de Licharre, Don Emilio se deleita viendo la suya retratada en los frescos del Santo Cristo, algo que supera por mucho la soberbia que Matalas pudo tener.

Tal vez Montes, como Goyheneche, son de los que se lanzan conociendo la dificultad de sus actos, pero con cierta fe en que pueden ganar la batalla, aunque la filosofía cristiana no permite ni la difamación pública, ni por supuesto la violencia. El cura español aún puede ganar su guerra si rectifica, vuelve al buen camino y apuesta por una reconciliación de la que su homólogo francés adoleció.

Comentarios
Somos ECD
Periodismo libre, valiente, independiente, indispensable