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Ludopatía

Ángel Cabrero Ugarte |

Religión Confidencial | 11 de marzo de 2020

Cartel.
Cartel.

Al regresar de una buena excursión por la montaña entramos en un bar del pueblecito donde habíamos dejado el coche, para un refrigerio merecido, después del esfuerzo. Nunca había entrado en ese lugar y me sorprendió una imagen que me resultó antigua, porque probablemente no la veía desde hacía muchos años: había en el bar, espacioso, cinco o seis mesas cuadradas de tamaño adecuado para jugar a las cartas. Y allí estaban los paisanos del lugar -podríamos pensar que todos- muy serios y concentrados en sus cartas, de manera que, aunque se oía la música del televisor y algunas personas hablaban, lo que predominaba era ese ambiente de silencio, sorprendente cuando hay tantas personas allí concentradas.

Me gustó ese ambiente en el que casi seguro todos aquellos hombres eran amigos, y desde luego se conocían perfectamente. Y me imaginé que un rato después se irían levantando, terminada la partida, y se irían tranquilamente charlando por la calle, a sus casas. Si había algo de dinero por medio, lógicamente habría alguno un poco escocido por las pérdidas, en todo caso pequeñas.

Me acordé de esos chavales que se pasan horas, a veces muchas horas, pegados al teclado del ordenador, jugando a uno de esos juegos disponibles en las redes -no tengo ni idea de en qué
consisten-, que enganchan, aunque no llevan a ningún sitio. Universitarios que reconocen haber perdido días de estudio por haberse quedado hasta las tantas jugando con un amigo suyo a través de la red, sin verle la cara sin posibilidad de ningún tipo de conversación entre ellos, ni ninguna manifestación de amistad.

Están horas jugando y luego, al día siguiente no son capaces de levantarse, y no van a clase. Esto en juegos en sí mismos inocuos, pero que enganchan, que son parte de las temibles adicciones del internet y los móviles. Y unas veces ganas y otras pierdes, y te quedas con la comezón de que podrías haber ganado, y sigues, y no sabes parar y creas una adicción peligrosísima, absurda, totalmente inútil, pero que te lleva a la perdición.

Cuando a esos ludópatas llegan a tener una profesión y a ganar dinero, fácilmente se aficionan a los juegos con dinero por medio. Me contaba un amigo de un matrimonio roto, de personas bien conocidas, porque el marido cayó en este vicio. Perdió mucho dinero. Su mujer no sabía nada y él contaba mentiras sobre sus negocios. Le pidió a ella dinero y se lo prestó. También lo perdió. Pero sucedió lo normal, que ella se enteró de lo que ocurría. Se sintió engañada y pidió la separación. Había arruinado a los dos y el matrimonio.

A pesar del daño que hacen las apuestas, los juegos con dinero, es algo que se anuncia y se promueve con toda impunidad en las redes y en las casas de juego en cualquiera de las calles
que nos rodean en todas las ciudades. Se promueven las apuestas en los deportes y todo tipo de juegos. Y nadie pone una pega ni denuncia estos sistemas de enriquecimiento por modos tan terribles. Se promociona impunemente la ludopatía.

¿Tiene esto algo que ver con aquellos paisanos en su pueblo en una partida de cartas? Podríamos decir que es lo mismo, pero a un nivel mínimo. Es bien conocido por todos, no es algo oculto, no se juegan grandes cantidades -como puede ocurrir en los casinos- y, sobre todo, es un modo de pasar un rato amable, entretenido, con los amigos. En el momento en que esto se hace se convierte en uno solo frente a la red o a la casa de apuestas, estamos ya ante otro problema distinto, grave, preocupante. 

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