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Lo que faltaba es Menéndez y Pelayo

Francisco Serrano Oceja |

Religión Confidencial | 29 de abril de 2019

Marcelino Menéndez y Pelayo
Marcelino Menéndez y Pelayo

Lo que nos faltaba ahora, en estos momentos de euforia patria, es sacar a pasear a don Marcelino Menéndez y Pelayo, el gran olvidado de nuestra historia. Pues no sé por qué estoy días estoy dando vueltas a la necesidad de recuperar su figura.

Recuerdo que Aquilino Duque decía que “don Marcelino viene a ser el san Pablo de la españolidad, por no decir de la hispanidad”. Y César Alonso de los Ríos escribió que “incluso en los medios conservadores, actualmente afectados por el agnosticismo y el relativismo moral” don Marcelino era un desconocido.

Don Marcelino se nos aparece como si fuera el maestro de la conciencia hispánica y del pensamiento católico, rodeado de sus libros, a quienes amó tan profundamente como se ama el deseo de la perfección humana. Se manifiesta, nos interpela y nos obliga.

¿Qué queda de don Marcelino en este presente de la historia?

Tenemos que recurrir a una Carta Pastoral escrita el 3 de noviembre de 1956, por el entonces obispo de Santander, monseñor José Eguino y Trecu. En aquel tiempo se cumplían cien años del nacimiento de don Marcelino. Como testimonia aquella prensa, Santander se convirtió, en el día de la efeméride del Primer Centenario de su nacimiento, en una ciudad en la que al añadido brillo de su naturaleza se le unió el resplandor de la gracia.

En ese texto del santo obispo don José se recogían, entre otras, estas palabras sobre don Marcelino, que trascienden la contingencia del tiempo; ideas de don Rafael García de Castro, que fuera arzobispo de Granada, quien describía el sentido vital del joven polígrafo montañés de tal manera:

“Nosotros, hemos querido detenernos en algunos puntos de aquellas memorables oposiciones, porque así se comprende la importancia del rasgo de Menéndez Pelayo que puso la ciencia al pisar el umbral mismo de su cátedra universitaria a la sombra de la Cruz. Más no por jactancia ni por pedantesca exhibición de una piedad farisaica y vocinglera, sino por convicción íntima, porque lo exigía así la sencillez y firmeza de un joven casi imberbe, que no se pagaba de adulaciones, pero tampoco se asustaba del respeto humano y llevaba en todas partes sentida y honda la fe que aprendió sobre las rodillas de su madre”. 

El 19 de mayo de 1912 fallecía en la ciudad de Santander un sabio. ¿Saben los universitarios españoles, nuestros niños y jóvenes, quién fue don Marcelino; cuál fue su obra; cuál el sentido de su trabajo intelectual, su pasión por la verdad, su amor sincero por la fe?

Ya lo dijo Ángel Hererra Oria, que bebió de la obra de don Marcelino y que impregnó toda la suya con esa savia: “Su vida entera es sólida y de una pieza. “Católico a machamartillo, como sus padres”; españolísimo “de la única España que el mundo conoce”; “admirador de los pueblos que se reconstruyeron ahondando en su propia tradición”, fustigó duramente a los españoles que desorientaban a la juventud “corriendo tras los vanos trampantojos de una falsa y postiza cultura en vez de cultivar su propio espíritu”.

Porque “un pueblo joven puede improvisarlo todo menos su cultura intelectual. Un pueblo viejo no puede renunciar a la suya sin extinguir la parte más noble de su vida y caer en una segunda infancia próxima a la imbecilidad senil””.

Ojo a la cita…

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