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¿Está cambiando verdaderamente la Iglesia?

Ernesto Juliá |

Religión Confidencial | 11 de Diciembre de 2018

Un bandera de China en la Plaza de San Pedro del Vaticano.
Un bandera de China en la Plaza de San Pedro del Vaticano.

Es muy frecuente oír frases que quieren subrayar- o mejor, darnos la impresión”-, de que estamos viviendo “nuevos cambios en la Iglesia”; que estamos asistiendo al inicio de “una nueva historia, una nueva época para la Iglesia”; e incluso alguien se anima a anunciar “proféticamente” que la Iglesia “debe comenzar de cero”; etc. etc.

Otras veces, los anuncios de “ese nuevo aire” del que hablan –a Dios gracias, no mencionan al Espíritu Santo- pretenden convencer a los creyentes de que es necesario revitalizar los cadáveres dentro de la Iglesia, como ocurrió en la visión del profeta. Y este “resucitar de cadáveres” tendría lugar justo cuando los mensajes de “esa Iglesia cambiada” los comprendan las “periferias del mundo”, porque los mensajes se hayan acomodado al “espíritu del mundo que esas periferias “entienden” muy bien”.

Si uno se atiene a las palabras de  algunos eclesiásticos, obispos, y cardenales, que comentan satisfechos, por ejemplo, que “las recomendaciones de la Santa Sede sobre el cambio climático ya están de acuerdo con las de la ONU”;  o que “se ha iniciado una nueva historia para la Iglesia”; o que la Iglesia “no tiene que insistir en los dogmas y en una moral rígida, si quiere acoger a todos los hombres en sus brazos”, etc., podemos sacar la falsa conclusión de que la Iglesia está cambiando.

No. No caigamos en esa falsedad. No nos dejemos engañar, lo diga quien lo diga. El Credo de la Iglesia, los Mandamientos; la Fe y la Moral siguen intactos y seguirán siempre porque son la Luz y el Camino para todas las generaciones de seres humanos que pisen la tierra. No se quedarán jamás ni viejos ni caducos. Las palabras de Cristo son palabras de Vida Eterna.

Lo que está cambiando es la mente de esas personas que desoyen veinte siglos de predicación auténtica del Mensaje de Cristo con las palabras y la sangre de los santos y de los mártires; y ceden acomplejados por la estrechez de mente y maldad de corazón, a lo que llaman “espíritu del tiempo”, “espíritu del siglo”, siempre con minúscula. Son eclesiásticos que no menciona en sus predicaciones ni el pecado, ni el arrepentimiento, ni el amor de los hombre a Dios, y apenas hablan de un vago sentido de “misericordia”; que no hacen referencia a la Vida eterna, que han borrado de su vocabulario la palabra “infierno”, y que algunos llegan a borrar de su vocabulario; que celebran la Liturgia, no como una manifestación y presencia de Dios, sino como una simple reunión de pueblo.

Ya Benedicto XVI salió muy al paso de esta situación, cuando al referirse al espíritu con que debía ser vivido el Concilio Vaticano II, habló sobre su verdadera interpretación: desechó la “hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura”, y afirmó la “hermenéutica de la reforma”.

No, la Iglesia no cambia en su esencia ni en su misión. “La Iglesia, tanto antes como después del Concilio, es la misma Iglesia una, santa, católica y apostólica en camino a través de los tiempos; prosigue “su peregrinación entre las persecuciones del mundo y los consuelos e Dios”, anunciando la muerte del Señor hasta que vuelva”. Así lo recordó también en ese mismo discurso del 22-XII-2005, a los cardenales, obispos y prelados de la Curia romana.

La línea de la “discontinuidad y de la ruptura” acabaría en una iglesia que ni siquiera llegaría a ser una ONG, porque sería una porción de hombres y mujeres que seguirían las huellas del Arlequín de turno, y acabarían precipitándose en un abismo. Y tantas veces el papa Francisco ha insistido en no convertir la Iglesia en una ONG.

En la Iglesia puede haber cambios, y de hecho los ha habido a lo largo de los siglos, en los modos de presentarse los eclesiásticos: desde la silla papal, por ejemplo, en la que el Papa era llevado a hombros por la plaza de san Pedro, hasta el “papamóvil” actual-; modos de relacionarse a través de la figura jurídica de “el estado vaticano”, con los gobiernos de las naciones del mundo; modos de celebrarse las ceremonias, incluso las relacionadas directamente con la celebración de los Sacramentos, etc.

Ha habido también opiniones contrastantes sobre cuestiones importantes que, al fin, la Iglesia les ha dado la verdadera interpretación de acuerdo con la Fe vivida. Estos, más que cambios son el fruto de un conocimiento más profundo e iluminado por el Espíritu Santo, de las verdades vividas y expresadas por Cristo.   

La Iglesia no cambia; se reforma y se enriquece al adentrarse paso a paso en el Misterio de Dios que vive en ella; y que ella tiene la misión de comunicar a los hombres.

“Por eso la reforma más ambiciosa es la que lleva a la Iglesia a estar más implacablemente decidida en su camino hacia la santidad y en su anuncio de la Buena Nueva. Las súplicas del mundo para superar los falsos valores materialistas e ideológicos, por débiles que sean, son oportunidades que la Iglesia no puede dejar pasar. A través de ellos los hombres vuelven su mirada hacia Dios. En este mundo ajetreado donde no existe tiempo ni para la familia, ni para uno mismo, y menos para Dios, la auténtica reforma consiste en redescubrir el sentido de la oración, el sentido del silencio, el sentido de la eternidad” (Card. Sarah, “Dios o nada”, pág. 179)

En una palabra, el sentido de la relación de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo con nosotros; y el sentido de nuestra relación con Él.

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