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El Papa en Irlanda del Norte

Papa Francisco.
photo_cameraPapa Francisco.

Publicaba el diario religioso digital Crux una columna de John L. Allen Jr. sobre la desilusión de los católicos norirlandeses porque el Papa Francisco no visitará Belfast en su próximo viaje a Irlanda para el Encuentro Mundial de las Familias, previsto para el 25 de agosto.

Allen cuestiona la agenda del Pontífice, echando en cara al Vaticano que, siendo como es el Papa Bergoglio artífice de la cultura del encuentro y de las periferias, no se decida a poner pie en una tierra tan castigada por las divisiones y necesitada de reconciliación como es Irlanda del Norte.

Sería interesante seguir la trayectoria de Allen o de cualquier otro prestigioso vaticanista al frente de la agenda papal, máxime cuando Su Santidad viaja a países conflictivos, como es el caso, pero quizá sea más un ejercicio de periodismo-ficción.

Sí que resulta más revelador acudir a las fuentes de las que bebe la columna de Allen: “uno de los periodistas norirlandeses más prestigiosos y probablemente el que mejor conozca los asuntos católicos en la isla”, Martin O’Brien. “La ausencia del Papa en Belfast es un fracaso”, ha sentenciado este escritor a su colega.

Más allá de la trayectoria profesional de O’Brien y de Allen, cuya brillantez no pongo en duda, cabe preguntarse si es suficiente el ejercicio del periodismo religioso para erigirse en portavoz de los cerca de 600.000 católicos residentes en Irlanda del Norte, cifra nada despreciable si se tiene en cuenta que la población total es de 1,1 millones de habitantes.

Me refiero a que el periodismo requiere buenas fuentes, abundantes dosis de contacto con ellas y a la vez una cierta frialdad para separarse lo necesario y evitar que la información se mezcle con cuestiones personales. Los que nos dedicamos a las noticias confidenciales lo sabemos bien e intentamos llevarlo a cabo, con más o menos éxito por nuestra parte.

Y en este sentido, echo de menos en la columna de Allen y en las afirmaciones de O’Brien algunos de estos ingredientes: por una parte, declaraciones de católicos norirlandeses, con nombres y apellidos, con un pasado marcado por las hostilidades con los protestantes, con una mochila de recuerdos de los atentados del IRA a sus espaldas, con sermones de domingo llamando a la paz entre irlandeses en la memoria de sus oídos, con las palabras del Papa Francisco aprehendidas en su cabeza y en su corazón de católico. Ellos puede opinar acerca de la ausencia del Papa. Y no encuentro nada de eso.

Tampoco he hallado entrevistas recientes a los obispos de Irlanda del Norte, notas de prensa de la Conferencia Episcopal o palabras entrecomilladas de portavoces de las autoridades eclesiales de esta nación del Reino Unido.

Es decir, la ausencia de este contacto con fuentes directas me hace recelar de las opiniones de O’Brien y de Allen. Porque que la ausencia del Papa en Belfast los próximos 25 de agosto y 26 de agosto vendrá determinada, en buena parte, de que así lo piensen los católicos norirlandeses, que son su rebaño y a quienes se dirige, a fin de cuentas, Francisco.

Quizá los periodistas religiosos nos limitemos a veces a informar según parámetros institucionales y nos olvidemos de tener en cuenta a los propios católicos. Algo menos lícito aún cuando se pretende ser su portavoz.

Zenón de Elea.

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