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La clonación o la esclavitud de laboratorio

Nunca cuentan todo lo que es y procuran embellecer los procesos con eufemismos distantes y terminología científica que es ajena al común de los mortales. Pero detrás del cacareado gran avance científico de la Universidad de Oregón se esconde, una vez más, un ejemplo de pérdida de dignidad de la persona porque, en última instancia, se trata de matar una posible vida para sostener otra vida.

Así lo ha explicado el experto en bioética Justo Aznar, director del Instituto de Ciencias de la Vida de la Universidad Católica de Valencia: "para obtener las células madre embrionarias de esos embriones clonados hay que destruirlos, lo que éticamente no es admisible".

La Conferencia Episcopal Española se ha apresurado a recordar la doctrina que al respecto hizo pública ya en el año 2006, porque ni este debate es nuevo ni los supuestos avances de Oregón son imprevistos. Lo que entonces dijeron sigue siendo válido hoy: "cuando se producen seres humanos en el laboratorio, se comete una injusticia con ellos, porque se les está tratando como si fueran cosas".

El problema es que se cosifica a la persona, que se convierte en medio, y no en fin, incluso aunque el fin sea salvar a otra persona. A la postre, hay vidas al servicio de otras vidas, una esclavitud moderna con condena a muerte.

Desde Estados Unidos se ha pronunciado de inmediato el cardenal O'Malley, que preside la comisión episcopal en defensa de la vida. Su mensaje de denuncia es compartido también "por aquellos que no comparten las convicciones de la Iglesia Católica en materia de vida humana". Porque la cuestión es que "sean utilizados para el fin que sea, la clonación humana trata a las personas como productos, manufacturados para encajar en los deseos de otras personas".

El ser clonado tiene sus cromosomas específicos y el potencial de desarrollo. Pero la ciencia ha decidido que solo merece vivir para que otros se aprovechen de esa vida. Es la moderna y tecnológica esclavitud de laboratorio.

Zenón de Elea

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