Solidaridad

Los que siempre se quedan. Anastasio Gil habla de los misioneros: “El misionero se inserta de tal manera en el lugar al que va que no concibe abandonar a los que ha ido a servir”

Los desastres, guerras y accidentes bombardean cada día los medios de comunicación. Sin importarles el peligro de la situación los misioneros permanecen en los lugares de conflicto aun a costa de su propia seguridad. Anastasio Gil, director de Obras Misionales Pontificias describe a estos misioneros como "deudores de una vocación a la que han sido llamados".

En lugares como Sierra Leona aún se aprecian las consecuencias de la guerra civil que comenzó en 1991. Los jóvenes mutilados o antiguos niños-soldado recuerdan que hace pocos años hubo un conflicto que sacudió de arriba abajo la nación africana. Los misioneros javerianos, entre otros ya estaban allí cuando comenzó la guerra y allí se quedaron para ayudar a los civiles. El trabajo con las secuelas de la guerra es amplio. Los misioneros trabajan con los mutilados y también les ayudan a superar los recuerdos de la tragedia que vivieron. "La gente allí quiere mucho a los misioneros, especialmente los musulmanes –explica Isabel Peral, una participante de las experiencias misioneras de verano- porque tras la guerra solo se quedaron los misioneros".

Los martirios que se producen en los lugares de conflicto también hablan por sí mismos. En Sierra Leona, tres Misioneras de la Caridad murieron en 1999. En el genocidio de Ruanda, por su parte, perdieron la vida 65 religiosas en tan solo un año, 1994. A estos datos se podrían añadir los de los misioneros que cada año parten hacia los lugares de misión para quedarse. Solo en la diócesis de Madrid ya son 904 los misioneros repartidos por los cinco continentes.

Anastasio Gil explica que el misionero se diferencia claramente de un voluntario de una ONG. "Los misioneros han recibido una vocación, una llamada de Dios para ser enviados allí donde la Iglesia les necesite". Cada uno va y sirve allí donde se les envía. El P. Anastasio cuenta que se van para siempre, aunque a veces tengan que volver por cuestiones que se escapan de su alcance siempre siguen disponibles para ir donde se les necesite. Los misioneros quieren ser enterrados allí porque su vida se conforma con la de esos hermanos a los que ha ido a servir. "Es su identidad", añade el director de Obras Misionales Pontificias.

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