Religión Confidencial

El debate francés sobre islamofobia y radicalismo musulmán

El problema viene de lejos, al menos desde que Jacques Chirac confió en 2003 al Mediador de la República –equivalente a nuestro Defensor del pueblo‑, un dictamen sobre la oportunidad de una ley para reafirmar el principio de laicidad establecido en la Constitución.

En concreto, la comisión presidida por el Mediador y ex ministro centrista Bernard Stasi concluyó afirmando la pertinencia, entre otras medidas, de la prohibición del velo islámico y cualquier otro signo religioso en la escuela y en los servicios públicos.

Se promulgó la ley, pero los problemas de integración y convivencia siguen vigentes. Junto con avances significativos, como la construcción del cementerio musulmán en Estrasburgo, la cuestión aparece continuamente en la vida social y política. El último incidente de entidad ha sido la expulsión el 31 de octubre del imán tunecino Mohammed Hammami, de 77 años, instalado en Francia desde hacía décadas, responsable de una mezquita en París. Se le acusa de "provocaciones, deliberadas, repetidas e inaceptables": de llamar a la yihad violenta y a la violencia contra las mujeres, así como de antisemitismo.

La decisión adoptada por el ministro del interior, Manuel Valls –el político más popular en estos momentos en Francia‑ arranca de una petición de su predecesor Claude Guéant a comienzos de 2012, retrasada para después de la elección presidencial de abril.

Valls declaró a la prensa: "hemos decidido ser intransigentes con los que pronuncian discursos de odio hacia la República y hacia nuestros valores, y proceder a la expulsión de los responsables, militantes religiosos que predican un islam radical". El ministro insistía en que "no puede haber lugar en la República, en nuestro país, para esos discursos, que manchan al islam de Francia, segunda religión de nuestro país".

Reconoce así el proceso de radicalización producido especialmente en barriadas periféricas de las grandes ciudades. El fenómeno nace con frecuencia durante la estancia en prisión de jóvenes delincuentes sin trabajo, y se consolida a través de Internet y de mezquitas o centros religiosos que difunden planteamientos extremistas.

La decisión del ministro Valls coincide en el tiempo con un sondeo de Ifop para Le Figaro, publicado a finales de octubre: la imagen del Islam se está degradando en Francia, pues el 43% de los interrogados lo considera "una amenaza" para la identidad del país; el 63% se opone a que las mujeres lleven velo por la calle; el 60% piensa que esta religión tiene actualmente "demasiada importancia" en la República, y sólo el 18% se muestra favorable a la construcción de mezquitas.

Por esos días, un "Colectivo contra la islamofobia en Francia" lanzaba una campaña con el eslogan "Nosotros (también) somos la nación". Afirman que su objetivo es "deconstruir los prejuicios sobre el islam", en un contexto "que se degrada desde hace diez años". Quieren salir al paso de "una opinión pública alimentada sobre todo por miedos irracionales y por ignorancia". En el plano político, la derecha alimentaría ese clima de opinión con un discurso sobre identidad y seguridad; la izquierda, con la defensa de la paridad entre varón y mujer, y la laicidad republicana.

No sería algo sólo intelectual. El Consejo francés del culto musulmán tiene un observatorio dirigido a discriminaciones o violencias contra instituciones o personas por su pertenencia real o supuesta al islam. Según ese organismo, los actos o amenazas islamofóbicos habrían crecido un 34% entre 2010 y 2011, un 14% durante el primer semestre de 2012. Mucho menos que iglesias o lugares de culto católicos –no lo dicen, claro‑, varias mezquitas han sufrido el flagelo del vandalismo o de las pintadas insultantes. De ordinario, proceden de grupos de extrema derecha.

Los musulmanes piden la creación de una comisión parlamentaria para analizar el fenómeno y buscar medidas para frenarlo. Pero los poderes públicos franceses lo engloban dentro del racismo, sin más especificaciones. Así, el actual comité interministerial de lucha contra el racismo y el antisemitismo no tiene en cuenta de modo explícito los actos contra el islam.

Pero no parece que este tipo de acción pueda prosperar en un país cada vez más laico, pero amante de los derechos humanos: los musulmanes no recibirán pleno reconocimiento mientras sus responsables no levanten la voz contra los propios radicales que cometen frecuentes actos de violencia en Francia, o contra la continua violación de la libertad religiosa –hasta la prisión o la muerte de inocentes‑ en tantos países islamistas, desde Argelia a Indonesia.

bernal@aceprensa.com

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