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El testimonio de Petri, misionera este verano: “Lo que quiero es ser capaz de dejar de pensar en mí y ponerme en manos de los misioneros para lo que necesiten”

Cada año cientos de jóvenes y adultos se van a hacer experiencias de verano misioneras. Durante unas semanas se van a un país que lo necesite y se dedican a llevar el Evangelio allí donde haga falta. La caridad de las necesidades de las personas se materializa en lo físico y también en lo espiritual.

Petri conoció esta manera distinta de pasar el verano gracias a un compañero de trabajo. El deseo de ayudar se une a la sana envidia que transmite la felicidad. "Es algo que tienes ahí", explica Petri. A través del compañero de trabajo acabó en la Delegación de Misiones y casi sin darse cuenta, este verano será la tercera vez que Petri sale de su casa sin saber muy bien qué es lo que le espera. Solo tiene claro que va a ayudar lo que pueda. Este año el destino, como el pasado, será Sierra Leona, en el cuerno de África.

"Gracias a Dios tengo salud, trabajo y tiempo y ese tiempo quiero dárselo a la gente que realmente lo necesita". No es una ONG, no es un simple voluntariado. Petri, como muchos otros se va de misiones. Ella ha visto que hay mucha gente que no conoce a Dios. "La misión es que Dios existe y si hay gente que no ha tenido la oportunidad de conocerlo, en la medida de lo posible intentas enseñárselo", cuenta Petri.

No oculta que hay cosas duras. El sufrimiento está presente y allí te encuentras con él. Y al dolor es imposible acostumbrarse, por mucho tiempo que se pase allí. Pero los misioneros, cuando vuelven vienen especialmente marcados por la alegría. Petri cuenta que la gente de allí tiene una alegría muy grande, a pesar de que tiene muchas penas. El aprendizaje allí es continuo. No solo de la gente sino especialmente de los misioneros. "Nunca he visto una mala cara", constata Petri. El agradecimiento surge de manera espontánea cuando piensa en los misioneros que la ayudaron. Ellos tienen una paciencia particular con los nuevos que vienen a ayudar. Y eso que muchas veces estorbas más que ayudas, sobre todo mientras te acostumbras.

La misión te educa. Cuando regresas, todo es distinto, uno es distinto. Petri espera que al regresar a casa, una vez más, pueda sentirse agradecida por lo afortunada que es y todos los regalos que recibe de Dios cada día. "Allí siento más cerca a Dios", reconoce Petri. Las Eucaristías allí reflejan la alegría de una fiesta tan grande. Te acogen si eres nuevo, te aceptan y llegas a formar parte de su comunidad.

Como explica Petri, es difícil encerrar una experiencia de tres semanas en unas líneas. Algo que quien lo ha vivido solo puede afirmar que te cambia la vida, te hace crecer y encontrarte con Dios, que aprovecha cualquier instante para educarte.

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