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“Vayan, sin miedo, para servir”

Pequeña historia de una peregrina en la JMJ de Río de Janeiro

Toda JMJ que se precie deja una cierta sensación de caos. Llegadas atropelladas de aquí para allá, de un acto a otro, el tener algún problema que otro, la experiencia de perderse un par de veces en cada sitio... Gajes del oficio y consecuencia de que más de tres millones de jóvenes quieran alimentarse de esa lluvia de gracias que es la JMJ. Tras un viaje de diez horas y media y un desfase horario de cinco horas lo único que te apetece es dormir. Pero la cosa no ha hecho más que empezar y lo más probable es que pase bastante tiempo antes de que cojas la cama... o el suelo, como suele ser el caso. Sin embargo, el camino está lleno de regalos. En el aeropuerto, lo primero que ves son voluntarios vestidos de amarillo y con unas manos de cartón gigantes que están allí solo y exclusivamente para darte la bienvenida y sacarte una sonrisa. Definitivamente te ríes y lo agradeces. Primera muestra de lo que es la Iglesia: una familia.

Las dificultades y errores típicos se te olvidan rápidamente gracias a los voluntarios. Van a donde haga falta para resolver tu problema, se recorren medio Brasil si hace falta... y si está fuera de su alcance también lo solucionan. El primer día te dan tu acreditación y te hacen la inscripción. Una joven voluntaria que tiene pinta de llevar toda la noche haciendo acreditaciones te sonríe y te da la tuya: "Mónica del Álamo, 21 años, Madrid, España –me dice– Bienvenida". Y al ver el sueño que asoma en sus ojos, te olvidas del tuyo y de que en tu casa deben de ser alrededor de las cuatro de la mañana. La alegría y la amabilidad brasileira se funden y se adaptan a todo tipo de peregrinos. Estás en su casa y al cabo de dos días, como si estuvieras en la tuya.

Hemos empezado diciendo que a JMJ implica caos, por eso requiere una etapa de sedimentación. Uno se llena de tantas cosas que necesita asimilarlas y esa parte viene después. Y en ese "después" se prolongan todas las gracias recibidas allí casi sin darte cuenta.

Lo que más recuerda un peregrino es el encuentro con el Papa. Cuando le ves pasar, bien a cinco metros si eres muy afortunado, bien a treinta si no has madrugado tanto, se te olvida la espera. Merece la pena. Y más si el Papa te habla a ti y te dedica a ti todos sus discursos. Todo parece nuevo y sin embargo es lo de siempre. Los mensajes de los pontífices anteriores aparecen bajo otras formas en labios de este Papa argentino que le ha puesto el color de su tierra a sus palabras. El "no tengáis miedo" de Juan Pablo II y el "redescubrir la alegría de creer" de Benedicto XVI han aparecido más de una vez unidas a las nuevas expresiones del Papa Bergoglio. Nos ha dicho que no "balconeemos", que sudemos la camiseta en el equipo de Jesús, que no seamos cristianos almidonados, atontados o de fachada, que seamos revolucionarios frente a la cultura de lo provisional, que seamos generosos con Cristo y que pateemos hacia delante. También que seamos protagonistas de nuestra vida y sobre todo que vayamos, sin miedo para servir. Es curioso que en una cultura en la que a los adultos les da miedo exigirnos a los jóvenes el Papa diga: "Jesús no ha dicho: si quieren, si tienen tiempo vayan, sino que dijo: «Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos»".

Es el Papa de las preguntas. Nos ha hecho preguntas en todos los discursos pero también ha sabido dirigirnos a nuestro interior: "Yo les pregunto, pero no contesten ahora, cada uno conteste en su corazón". También nos ha invitado a hablar con Cristo en todas las situaciones, especialmente cuando actuamos mal. Muchos jóvenes tienen la dolorosa experiencia de no atreverse a volver a Dios cuando se han alejado de Él. Pero el Papa dice que nos dirijamos a Él: "Jesús, mirá lo que hice, ¿qué tengo que hacer ahora? Pero siempre hablen con Jesús, en las buenas y en las malas".

Es un Papa que tampoco se ha alejado del sufrimiento y lo ha demostrado en esta JMJ. Un Papa que se ha acercado a los pobres y rechazados de la sociedad y que ha recordado que la cruz es "el camino del dolor y del amor", la mayor prueba de Jesús.

Se ganó a los brasileños enseguida con su "Irmãos e Irmãs... eu não falo brasileiro. Perdonadme, voy a hablar español". En otra ocasión recordó que siempre oyó decir que "a los cariocas no les gusta el frío y la lluvia pero ustedes están mostrando que la fe de ustedes es más fuerte que el frío y la lluvia". Ha sido padre de todos y con su toque argentino y su gracia latina ha creado un ambiente de unidad y alegría. Ha apretado las tuercas a todos, desde obispos hasta los jóvenes.

Todo ello bajo la protección del Cristo del monte Corcovado, que contemplaba con sus brazos abiertos toda la Jornada y todos los corazones que allí buscaban la Verdad. Desde el Santuario de Nuestra Señora Aparecida, visitado por millones de peregrinos cada año, ha estado presente la protección de la Virgen, invocada por el Santo Padre en cada una de sus intervenciones.

Poder ir a la JMJ de Río de Janeiro ha sido una sorpresa y un regalo para muchos de nosotros, que no esperábamos poder ir. Ahora toca devolverlo y la mejor forma no la ha dicho el Papa: "Vayan, sin miedo para servir". Y ese era un mensaje para todos, para los que fueron y para los que se quedaron. Todos somos conscientes de que cuando uno ha encontrado un tesoro, siente la necesidad de compartirlo. Ojalá podamos repetirlo en Cracovia.

Mónica del Álamo Toraño

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