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Memorias de un obispo misionero y franciscano

Monseñor Jesús Sanz Montes, el arzobispo de Oviedo, relata las experiencias vividas en esos tres trayectos vitales y eclesiales

Monseñor Jesús Sanz reza ante la virgen en Covadonga
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Mis memorias de África. Cartas desde Benín.

Monseñor Jesús Sanz Montes.

PPC

Suele ser frecuente que los obispos con sacerdotes de sus diócesis en territorios de misión les visiten con cierta frecuencia. Pero lo que no suele ser habitual es que escriban un diario de la visita del obispo. Y lo hagan con estilo atractivo, con soltura y frescura, con agradables metáforas y con apasionantes reflexiones tanto de contenido espiritual como teológico-pastorales.

Monseñor Jesús Sanz Montes es un obispo misionero y franciscano, es decir, un obispo que sabe de periferias, que se ha colocado, no ahora sino hace mucho, en la perspectiva de los últimos para poder escudriñar los secretos de quienes experimentan el deseo de Dios en su corazón.

Y es un obispo franciscano, no solo por ser del papa Francisco, sino porque antes de obispo fue fraile hijo de san Francisco.

En tres ocasiones, 2012, 2014 y 2019 ha viajado a la misión que la Iglesia de Oviedo tiene en Benín, en la diócesis de N´Dali, en Bembéréké, al norte del país. Una población, mejor dicho, un territorio, al que los misioneros asturianos llegaron hace veinticinco años gracias a la generosidad de monseñor Gabino Díaz Merchán.

Con la sencillez con la que los primeros cristianos contaban el impacto que les causaban sus viajes misioneros, el arzobispo de Oviedo nos relata las experiencias vividas en esos tres trayectos vitales y eclesiales. Por cierto, un testimonio de agradecimiento a Dios, a los sacerdotes asturianos que allí han trabajado, a las religiosas que les ayudan en su ministerio, las Dominicas de la Anunciata, y a tantos cristianos que están presentes en estas páginas no tanto por su nombre sino por su mirada.

Porque lo apasionante de estas memorias de África es la mirada de un obispo, la mirada de un hombre de fe que se deja sorprender, que se siente fascinado por esa necesidad de Dios que habita en el corazón del hombre, por la pobreza con la que viven y se expresan quienes reciben la Palabra por boca de los misioneros y catequistas.

Una pobreza de vida que pone en tela juicio nuestra forma de vida en el primer mundo. Una pobreza que está íntimamente relacionada con las virtudes humanas que se palpan en la vida de esos hermanos nuestros. 

No pocas páginas de este libro, que engancha desde el principio, aportan una nueva perspectiva a los problemas de la Iglesia en Asturias. Como dice don Jesús, “al poder asomarme a las dificultades que estos cristianos atraviesan se ponen en su lugar los desafíos que yo encuentro en la diócesis de Oviedo. Quiero decir que se relativizan enormemente. No es que se solucionen los retos en Asturias viviendo aquí a Benín, pero tampoco los agrandas en demasía cuando tratas de comprender esta otra realidad”.

Otra de las ideas que se repiten en el libro es la necesidad de sacerdotes. Dice nuestro misionero, transcribiendo una conversación con los catequistas de Gamia: “Confieso que me impresionó. No me pidieron dinero, no me pidieron proyectos de desarrollo, sino que me pidieron sacerdotes para que los puedan acompañar en la vida cristiana… Ellos han pedido lo que solo la Iglesia les puede dar: a Jesucristo a través de un hermano sacerdote que les pueda nunciar el Evangelio y acercarles a los sacramentos”.

De entre todas las páginas que narran experiencias únicas, hay que destacar las que se refieren a la visita a la cárcel de Cotonou. Un estremecedor relato de cómo la palabra del Evangelio siembra la dignidad en medio de las condiciones humanas más indignas que se puedan pensar.

Ah, y cómo no, el viaje navideño, que es como meterse en el Portal de Belén a no pocos grados de temperatura exterior e interior. Unas memorias de África que lo son de mucho más.  

Mis Memorias

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