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La ejemplar vida del jesuita P. Luis María Mendizábal

Los sacerdotes Pablo Cervera y Manuel Vargas han trabajado a fondo en esta biografía del P. Mendizábal, un jesuita fiel a la Compañía de Jesús en tiempos revueltos

P. Luis María Mendizábal.
photo_camera P. Luis María Mendizábal.

Entiendo que esta fascinante biografía del jesuita Luis María Mendizábal (1925-2018) está escrita en perspectiva de un futuro proceso de beatificación. Lo que es innegable es que la fama de santidad del P. Mendizábal hace tiempo, es un lugar común en determinados ambientes eclesiales.

Advierto de que por mor de la brevedad, no he titulado este texto “La ejemplar vida del jesuita P. Luis María Mendizábal y su relación con la Compañía de Jesús”.

Y no voy a empezar a ironizar, porque no solo se trata de las virtudes humanas y sobrenaturales llevadas hasta las últimas consecuencias. También podíamos hablar simbólicamente de confesión de fe.

Testigos de santidad palpable 

Los sacerdotes Pablo Cervera, publicista incansable, y Manuel Vargas, vicario episcopal de Getafe para el Cerro de los Ángeles, han trabajado a fondo en esta biografía del P. Mendizábal, un jesuita fiel a la Compañía de Jesús en tiempos revueltos. Y lo han hecho no solo con las fuentes escritas sino con abundantes fuentes orales de testigos de esa santidad palpable de quien fue un apóstol incasable del Sagrado Corazón de Jesús.

Para mí ha sido un descubrimiento, no la fama de santidad del P. Mendizábal, ni su relación con algunas entrañables instituciones como la Compañía de María-Orden de Hijas de Nuestra Señora, las Carmelitas Descalzas de Madrid, el Cerro, Cabrera, Toledo, la Compañía del Salvador, el CETE, la Fraternidad de sacerdotes en el Corazón de Cristo, y, cómo no, la Fraternidad Reparadora y la Fraternidad seglar, además de otras muchas que aparecen bien documentadas en este libro.

Intelectual y obediencia fiel 

El gran descubrimiento ha sido doble. Primero, el perfil, vamos a llamar, -aunque el biografiado no lo haría así-, intelectual del P. Mendizábal. Y por otro su relación de obediencia fiel, por no escribir, ciega, a la Compañía de Jesús.

El P. Mendizábal, estudiante aventajado, con una inteligencia, digamos, superior a la media, una memoria prodigiosa, gran facilidad para los idiomas, avanzó en sus estudios de tal forma que no solo lo hizo en los centros reglamentarios de su provincia jesuítica sino que muy pronto fue enviado desde la Faculta de Teología de San Cugat del Vallés a Innsbruck (Austria).

Sus estudios en esa ciudad, su conversación –aquí reproducida- con el famoso K. Rahner, su doctorado en la Gregoriana de Roma como uno de los primeros discípulos del P. Orbe, su primer destino a Gandía, el frustrado envío a enseñar teología a Pune (India) y su final en la Gregoriana como profesor de Teología espiritual, suponen una trayectoria apasionante, prototípica de un perfil determinado de jesuita.

Fidelidad al carisma 

Después llegaron los años de docencia en Roma, el Concilio Vaticano II, sus polémicas intelectuales, su teología de la Vida Consagrada, y el sorprendente giro de vuelta a España y la, permítaseme, “frustrada” etapa de Gandía como Instructor de los jesuitas tercerones.

Y aquí comienza la parte más apasionante de fidelidad al carisma y a la institución fundada por san Ignacio.

Su destino a Bilbao con billete para Madrid como director del Apostolado de la Oración –un apostolado de la Compañía cuando estamos en la Congregación General 32 y la inversión en los apostolados de frontera-, la rocambolesca historia de la búsqueda de la sede del Apostolado de la Oración en Madrid, la comunidad de los Padres Mendizábal, Máximo Pérez y Manuel Iglesias, “los tres mosqueteros” de la austeridad de vida más absoluta –la imagen de uno de ellos yendo todos los días a por la comida a una residencia de religiosas cercana- , y la cuestión, clarificadora, de la relación del P. Medizábal con los jesuitas de la “vera compañía”, los descalzos, que decían algunos de sus hermanos, son capítulos apasionantes.

El estado de la Compañía 

En este aspecto los autores de esta biografía aclaran no solo un enigma histórico sino que obligan al historiador de la Compañía, Gianni La Bella, a rectificar sus escritos. 

Ante la descomposición del ejército –frase de Pablo VI-, 18 jesuitas españoles se reunieron el 9 de febrero de 1969 para deliberar sobre el estado de la Compañía. Escribieron una carta a Pablo VI, fechada el 21 de febrero de 1969, con un informe. Le pedían comunidades gobernadas por un superior mayor directamente dependiente del General con agrupación libre de miembros. Por cierto que el contexto sobre la situación de la Compañía es abordado desde los escritos del recordado y querido P. Manuel Revuelta, SJ.

El papa inició una consulta a los obispos españoles que produjo una curiosa historia de división dentro de la Conferencia Episcopal. La iniciativa no se llevó adelante por la intervención del Nuncio Dadaglio y del cardenal Tarancón. La lista de los que firmaron nunca se ha hecho pública por la Compañía de Jesús. Gianni La Bella, en su historia, afirma que el P. Mendizábal firmó la carta de “los 18 de Chamartín”. Pero los autores señalan que el P. Urbano Varelo, que conocía esa lista, les aseguró que el P. Mendizábal no estaba entre los firmantes.

Destino: Uruguay 

¿Piensan que se han terminado aquí las muestras de obediencia extrema del biografiado a sus superiores? Otro hecho. En 1994, después de 25 años como director nacional de un renovado Apostolado de la Oración en Madrid, su superior provincial, cuando iba a cumplir 70 años, le comunica que va a ser destinado a Montevideo (Uruguay).

Si no es porque el P. Máximo Pérez se entera, y no por el P. Mendizábal, de que va a ser enviado a Roma y escribe, algo que también hizo el entonces cardenal Marcelo González Martín, al General de los jesuitas P. Kolvenbach, el P. Mendizábal se hubiera ido a Uruguay.

Entonces el P. Kolvenbach tuvo el detalle de trasladarse a España a visitar la comunidad “de los tres mosqueteros”, “que además permite intuir que el P. General no era conocedor del traslado a Uruguay que se había pensado para el P. Mendizábal”.

Los biógrafos no dan el nombre de quién entonces era su superior provincial. En la página siguiente apuntan, hablando de otra cuestión, que durante los años 1993 a 1995, el provincial de España fue el P. Elías Royón. Habrá quizá que preguntarle.

Prólogo de Martínez Camino 

Hay otras perlas de este apasionante libro. Como por ejemplo los inicios de seminaristas del hoy arzobispo de Toledo y del obispo de San Sebastián, o la iniciativa del cardenal don Marcelo de crear un centro filial de la Gregoriana en Toledo, o la idea de una Compañía de Jesús diocesana del biografiado.

Pero la clave de este libro, además de las esencias jesuíticas que rezuma por todos los lados, es la santidad del P. Mendizábal, de la que se beneficiaron muchísimas personas a lo largo de tantos años de vida, por ejemplo, en la dirección espiritual.

Ah, se me olvidaba. El prólogo del libro es de monseñor Juan Antonio Martínez Camino, SJ., obispo auxiliar de Madrid.

Luis María Mendizábal, SJ.

Pablo Cervera y Manuel Vargas

BAC

Luis Maria Mendizabal.

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