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Las coordenadas del sacerdocio ministerial

Ángel Cordovilla realiza un análisis de la situación de la Iglesia en relación con el mundo contemporáneo

Ángel Cordovilla.
photo_cameraÁngel Cordovilla.

“Como el Padre me envió, así os envío yo”.
Teología y espiritualidad del ministerio apostólico eclesial.
Ángel Cordovilla
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En la página 98, el autor de este libro comenta: “Coincido totalmente con el filósofo Robert Spaemann cuando afirma que los sacerdotes son una provocación para el hombre actual”. Ya solo esta frase dice mucho sobre el fondo de este libro, que no solo es una atractiva teología del ministerio sacerdotal. En su primera parte aporta uno de los más lúcidos análisis de la situación de la Iglesia en relación con el mundo contemporáneo, una especie de diagnóstico de las relaciones entre fe, Iglesia y mundo actual.

Quien eso escribe, Ángel Cordovilla, discípulo dilecto de Olegario González de Cardedal y del cardenal P. Ladaria, es oriundo de la tradición salmanticense y profesor de la Pontificia Universidad Comillas. Con más que acreditada probabilidad una de las cabezas más prometedoras de la teología española.

El sacerdocio no está en crisis 

Nuestro autor, que tiene un interesante lógica argumental en la medida en que, a partir de la tesis, introduce los argumentos teológicos y, de vez en cuando, hace unos si cabe más interesantes “excursus” referidos a cuestiones de actualidad, presenta una teología del ministerio sacerdotal desde el siguiente presupuesto: El sacerdocio no está en crisis, al menos, teológicamente, teóricamente. No hace falta más que volver al Concilio Vaticano II y al magisterio posterior pontificio para darnos cuenta de la riqueza del perfil renovado del ministerio sacerdotal, de su raíz, de sus referentes, de sus desarrollos.

Pero las nuevas formas de relación de los hombres con Dios y la nueva situación que se otorga a la Iglesia en las sociedades plurales repercute en la comprensión existencial y en la vivencia del ministerio apostólico y su ejercicio, parafraseando sus palabras.

Es decir, si nos preguntamos por el contexto del ejercicio del ministerio tenemos que hablar de la pregunta por Dios, en primer lugar, de la Iglesia en la diáspora, del pueblo sacerdotal y de la escisión antropológica. El cambio en el contexto afecta a la comprensión y a la forma del ejercicio del ministerio, ¿en qué medida? ¿de qué manera?

De ahí que se plantee: “¿Acaso no es el sacerdocio una vocación anticuada y una profesión desfasada, reducida a un grupo de personas que añoran una sociedad que ya fue y nunca será?”.

El ser sacerdotal 

A partir del presupuesto anterior, que desarrolla de forma muy adecuada, ofrece una reflexión profunda sobre las siguientes dimensiones constitutivas del ser sacerdotal: discípulo en camino; apóstol, enviado de Cristo; hermano entre hermanos y un hombre tomado de entre los hombres.
Y sobre la vida y espiritualidad se fija en la dimensión de profeta y mensajero del Evangelio; la forma eucarística de la existencia apostólica, el pastor que conduce y guía; y en algunos aspectos ciertamente interesantes de la vida sacerdotal como es la necesidad de la fraternidad sacerdotal, frente a la tentación del individualismo.

Hay en esta teología, relacionada con la propuesta de reforma del Papa Francisco, una regla básica: “Todo lo que ayude a otorgar más dinamismo apostólico y misionero a la Iglesia puede ser planteado con rigor y seriedad en este orden de la reforma eclesial, porque como dijo el teólogo dominico Yves Congar, la reforma genuina es siempre una vuelta a la profundidad de la tradición y a la
novedad de la vida evangélica”. 

Estaría reproduciendo párrafos enteros, durante páginas y páginas. Por ejemplo, cuando señala que “habría también que estar prevenidos frente a una comprensión excesivamente moralizante de la vida cristiana en temas referidos a la justicia social o a los valores inspirados en las bienaventuranzas del Evangelio.

No porque estas no sean verdad y tengan que inspirara cada uno de los actos de la vida cristiana, sino porque quien las sostiene es el Dios de la justicia y de las bienaventuranzas. La ascética no puede estar por delante de la mística, sea aquella pietista o revolucionaria, moderna o posmoderna, preconciliar o posconciliar. La ascética ha de estar siempre cimentada en la mística cristianan: el deber, enraizado en la experiencia de la gracias y la gratuidad”.

O este otro que comenta: “En este sentido, no veo tan necesaria la así llamada democratización de la Iglesia cuanto la identificación afectiva con ella y la vivencia afectiva de una real ministerialidad”.

Otros temas bien enfocados: la propuesta del sacerdocio de la mujer, de las diaconisas, la pederastia en la Iglesia… Un lujo de aportación que no debiera pasar inadvertido.

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